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sábado, 23 de mayo de 2015

LA PLAZA DEL POLVORISTA (Dedicado a mi amigo Pepe Plana Pujol, el ángel de la guarda de la Naturaleza)


Esta mañana, sobre las 12h,  entré en Correos con la pretensión de enviar a Madrid un paquete con libros para  mi amigo Pepe Plana.
Tenía por delante a veinte personas y, mientras llegaba mi turno, decidí que, por lo menos un cuarto de hora, podría dedicarlo a contemplar la Plaza del Polvorista. Las rutinas nos conducen absortos, para resolver nuestras gestiones y, como dice Paulo Coello en su Alquimista, llevamos en nuestras manos una cuchara con gotas de aceite que, en nuestro deambular, para evitar que se  derrame, fijamos en ella nuestra vista, sin advertir apenas lo que nos rodea.
Dejé mi simbólica cuchara en el mostrador y salí a la calle. La luz cerúlea de este bellísimo cielo de mayo iluminaba la plaza acariciándome  los placenteros veinticinco grados de temperatura, y se hizo el milagro. En cuarenta años nunca me había detenido a contemplarla; solo la veía.
Es cierto que los vehículos aparcados en los sesenta metros de lado de esta plaza cuadrangular la convierten, en apariencia, simplemente en un aparcadero, y es poca la belleza que aportan al paisaje, tanto los cincuenta automóviles, como los malolientes contenedores de basura  que obstaculizan su costado este; pero haciendo abstracción de estas servidumbres, y levantando un poco la vista, los ojos se me llenaron de la belleza que, en estos días, nos ofrecen las jacarandas en plena flor adornando el este y el oeste de la plaza; ya empiezan a alfombrar el albero petrificado de la solería; se complementan con palmeras que resistieron  al  voraz picudo y que hoy siguen orgullosas flanqueando el norte y el sur alternándose con naranjos.
Me sentí atraído por su interior; pude contemplar unas adelfas floridas, una gigantesca tuya con ínfulas de ciprés y unos setos con un verde provocativo esculpidos por la poda de manos con arte. Una fuente que semeja una maceta plana de la que brotan veinte chorros de su perímetro y describen una parábola que va a encontrarse con el central, enhiesto como lanza que desafía la gravedad, al que acompañan otros cinco satélites como hijuelos.
Unos minutos estuve contemplando el rumoroso borboteo de las aguas cristalinas, que amortiguaron el cotorrear de algunas familias de periquitos aclimatados en las palmeras.
He contemplado con sorpresa el busto de Alberti que preside esta plaza; parece que el escultor ha suavizado el habitual gesto adusto del universal poeta, con el que el tiempo castiga la senectud, pero es que, con todo lo que le rodea, casi debería estar sonriente.

Un césped cuidado complementa este oasis que, rodeado de vehículos, hace que muchos portuenses pasen por aquí, sin advertirlo, pendientes de su cucharita y las gotas de aceite. 

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