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sábado, 18 de abril de 2015

LA BLANCURA DE VEJER

 (Dedicado a mi amigo Gonzalo Díaz Arbolí)
Ochenta y un años, y un día. No es una condena, porque ese día, es el primero del resto de mi vida que he querido disfrutar, visitando el pueblo más bonito de España.
Tras años de ausencia, conservaba el recuerdo de su belleza, pero hoy, pese a tener que arrastrar en algunos tramos de los Callejones de la Villa el peso de unas piernas dominadas por una deficiente circulación sanguínea, he podido constatar, que la ciudad está hecha para que los jóvenes salgan fortalecidos, los maduros impresionados, y los mayores, bebiendo a pequeños sorbos e intermitentes descansos su laberíntico y andalusí recorrido urbano, nos llevemos en la retina esa cumbre nevada que, bajo la bóveda celeste, está prendida en un picacho, como trasunto de un Mulhacén granadino convertido en gaditano, gracias a su cal refulgente, paradigma del más puro blanco. He acariciado con mis manos la untuosa piel de cal de sus paredes, mil veces blanqueadas, con ondulaciones que alcanzan reflejos iridiscentes como la nieve virgen; no me habría sorprendido ver brotar de ellas, las azuladas y sencillas gencianas de Sierra Nevada.
Las rojas buganvillas me han devuelto a la mágica realidad y, enmarcadas de blanco, brotan insultantes llamando la atención de su florida y carmesí presencia.

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