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sábado, 18 de abril de 2015

¡QUÉ TIEMPO TAN FELIZ!


A riesgo de ser tachado de nostálgico, reconozco que anhelo revivir circunstancias personales, familiares y sociales; algo nostálgico sí que soy, pero lo que pone un contrapunto en el discurrir de la vida por el primer cuarto del siglo XXI, son ciertos hechos que me llevan a la conclusión de que, a pesar de los avances tecnológicos, somos menos felices. Tenemos más cosas y más dependencia de ellas.
La sensación de inmensa felicidad cuando adquirimos nuestra casa, comienza a resquebrajarse, justo, a los pocos meses de recibir las llaves; se inicia una tortuosa travesía del desierto, que exige sacrificarlo todo ante la cuota hipotecaria que estrangula las economías de por vida. Cuando se hace realidad el sueño de poseer un vehículo de marca alemana, sitúa nuestra autoestima al borde del frenesí, sobre todo, por epatar ante determinados círculos; así, sucesivamente, ampliamos nuestros signos externos de felicidad tan efímeros como inciertos.
Pero no quería referirme a estos ampulosos deseos, mi nostalgia me lleva a discurrir sobre las renuncias que, lenta, pero ineluctablemente, hemos ido sacrificando en aras de la modernidad exigente. Son pequeños detalles, simplemente muestras de humanidad.
¡Cómo echo de menos las cartas manuscritas de mi familia o de mis amigos. Escritas a pluma, con una caligrafía que era capaz de transmitir la personalidad del autor, incluso su estado de ánimo; en algunas se apreciaba el perfume o la letra desleída por una furtiva lágrima de alegría o de tristeza y la comparo con el e´mail, tan rápido, tan urgido, tan frío. La emoción que te embargaba cuando esperabas una carta y el cartero llamaba a tu casa y ya, con una sonrisa, te anunciaba buenas noticias o ponía cara de circunstancias cuando entregaba aquellas fileteadas de negro o esperaba unos segundos cuando te entregaban un telegrama para saber si era portador de buenas o malas noticias. Eran auténticas relaciones humanas. El pan que, cocido en hornos de leña, llenaba de aroma la tahona y se conservaba en la talega hasta que lo disfrutabas y, mojándolo en aceite, se convertía en el mejor alimento. Hoy estamos sometidos a esas barras semicocidas, que se hornean en 10 minutos en cualquier zaguán entre chucherías y latas de refresco, aunque algunas panaderías se resistan ante esa competencia. Tu sastre, tu modista, tu tienda de la esquina, que te conocían por tu nombre, han dado paso a establecimientos monstruosos, impersonales, atendidos por jóvenes que te hablan de tú y donde tienes que comprar productos muy baratos a costa de mano de obra tercermundista.
No me importa que me llaméis nostálgico, pero …¡es que echo de menos tantas cosas!...

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