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viernes, 18 de diciembre de 2015

EL ECLIPSE DE LUNA


Lo intenté. Me dormí a las 12. Desperté a las 12.30. Salí al porche y vi a la reina de la noche sin apenas forzar mi cuello. Su luz vencía a todas las luces. El firmamento la engrandecía con un aura. Majestuosa, desafiante, esplendorosa… soberbia…provocadora… La contemplé unos minutos y me llené de ella. Ya no pude dormir. A las 2 volví a asomarme con la esperanza de ver su reacción ante la interposición de la tierra sobre su rostro brillante, y me puse de su lado; casi no me apetecía verla enrojecida de vergüenza al privarla de su noche, pero allí seguía impávida, todavía no sospechaba de la
agresión que la acechaba. Consulté el ágora de los versados, que no se ponían de acuerdo sobre la hora del brutal ataque terrícola. La tierra estaba convulsionada. El recuento de unas urnas permitía que todos mintieran de forma agridulce. ¡Qué cansancio! Mañana aparecerá otro día y no habrá sucedido nada importante, o sí; no estoy para adivinanzas, pero me puede el sueño. Me reclino en mi sillón con la esperanza de una nueva salida al porche. Eran las seis de la mañana y permanecía dormido.
Tengo la sospecha de que me perdí el último eclipse que podía ver en vivo y en directo. Tengo la tristeza al comprobar, una vez más, lo efímero del presente; si no lo prendes, se va y ya no vuelve, como no vuelve el beso que dejas de dar, el amor que no haces, el perdón que no otorgas, el abrazo que se queda en proyecto. Otros pueden llegar, pero ese, no. Y siento que ya no veré nunca más a la luna roja que perdí, por un sueño inoportuno.
Alberto Boutellier

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